Poemas


Louis MacNeice
BAJO LA MONTAÑA

Vista de arriba
la espuma en la bahía es una pluma
que se abre... se repliega.

Visto de arriba
el campo es una falda y las parvas botones
que la mantienen al ras de la tierra.


Vista de arriba
la casa es un artefacto mudo cuya función
hace tiempo es obsoleta.

Pero cuando uno baja
las rompientes son escoria fría y las algas
sisean contra la costa nauseabundas.

Cuando uno baja
el campo es una cosecha provechosa o malograda, la fuente
de dolor en las espaldas, si no de congoja.

Y cuando uno baja
la casa es un maétstrom de amores y de odios donde uno
-que ha bajado- pertenece.




NIEVE
El cuarto se animó de repente y el amplio ventanal del mirador
mostró nieve en abundancia y rosas rojas
calladamente contiguas e incompatibles:
el mundo es más repentino de lo que imaginamos.

El mundo es mucho más bizarro de lo que pensamos,
incotregiblemente plural. Yo pelo y corto una mandarina y escupo las semillas y siento
la embriaguez de lo diverso entre las cosas.

Y el fuego arde con un sonido crepitante porque el mundo
es más malicioso y alegre de lo que uno supone
-por la lengua los ojos las orejas las palmas de la mano-.
Hay más que vidrio entre la nieve y las espléndidas rosas.




Louis MacNeice
EL SUICIDA


Y está, señoras y señores -a quienes no estoy guiando en realidad
era su oficina hasta hace unos minutos;
este hombre del que jamás oyeron hablar. Ahí están las facturas
en la cubeta, la ceniza en el cenicero, la agenda gris
delante de él, los archivos atestados,
el jurado cómplice de su correspondencia sin contestar
dormitando bajo el pisapapeles a la brisa que llega
de la ventana de donde saltó; y aquí está el receptor rajado
que nunca se reparó y el anotador con su último garabato
que podría ser su propia úlcera intestinal o podría ser
el laberinto florido por el que había vagado deliciosamente hasta
tropezar de pronto en una alcantarilla bajo las malvas,
consciente finalmente de todo lo que le faltaba. La punta del lápiz
obviamente se había roto, aunque, cuando abandonó este sitio
mediante una pirueta felina o un simple acto de desaparición,
para quienes lo reconocieron a pesar del revoltijo en la vereda,
ese hombre con tímida sonrisa dejó atrás
algo que estaba intacto.





Anthony Cronin
PROFETA

Cuando volvieron los rumores a aquel pequeño caserío blanco,
rumores extraños sobre sus hábitos y su discurso,
los vecinos sacudieron la cabeza sin asombro,
su madre estaba perpleja más que orgullosa.
Y entrando al anochecer a ciudades alumbradas por lámparas,
viendo la cálida penumbra roja detrás de los postigos,
permaneciendo despierto en cuartos extraños sobre ríos,
pensaba que sería como ellos si pudiera.
Y cuando al fin el poder cortesano prestó atención
y lo clavó más tarde en ese horrible sitio, supo que
lo que intentaba decir sería olvidado
salvo por algunos tan solos como él.









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